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Los videojuegos tienen cáncer

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[DISCLAIMER: Soy un dinosaurio consumido por la amargura. He escrito esto desde mi mecedora, mientras espero que mi Odissey 2 se enfríe para volver a jugar.]

Los videojuegos tienen cáncer. Tal como ocurre en nuestros cuerpos, hay células que se están multiplicando de forma errática y descontrolada, hasta el punto de hacer colapsar el organismo. Esas células, queridos amigos, somos nosotros: los jugadores.

El mundo está lleno de autoproclamados fanáticos de los videojuegos. Lo que para los 90’s era sólo un pasatiempo de niños y geeks (al menos para el mainstream), hoy es una forma de entretenimiento plenamente validada. Las distinciones entre casual y hardcore gamer están quedando añejas, pues todo el mundo está jugando. Por lo mismo, los videojuegos están en boga y aun las instituciones de prensa más tradicionales, están dedicando espacio para su cobertura.

Sin embargo, los gamers no sólo están proliferando, sino que también están mutando. Hace 10 años, uno sólo quería poner las manos sobre el control y perderse por horas, con juegos como Gears of War o The Legend of Zelda: Twilight Princess. Hoy, por el contrario, buena parte de los entusiastas de videojuegos está encontrando esa misma satisfacción en la experiencia de otro.

Hay “jugadores” que están desarrollando una adicción a la interactividad pre-digerida, potenciada por la inmediatez y la cultura de masas a la que hemos adherido. Poco a poco, “dar like” o “suscribirse”, está tomando el mismo peso que controlar  un personaje y asimilar personalmente un videojuego.  ¿Acaso jugar videojuegos llegará a ser una práctica extinta? ¡Absolutamente no! No obstante, esta apertura a la pasividad en un medio intrínsecamente interactivo, está teniendo perniciosas consecuencias.

En primer lugar,  se está gestando un culto a la personalidad, que poco o nada aporta al desarrollo de más y mejores juegos. Hoy, más que los títulos y sus estudios de procedencia, importa quién los juega. ¿No me crees? Haz el siguiente ejercicio; Pregúntale a alguien quién creó Minecraft. Probablemente no lo sepa. Ahora, pídele el nombre de algún Youtuber cuyo canal gire en torno a ese juego ¡Sorpresa! Quizás te den más de cinco respuestas.

Youtube ciertamente no es el problema. Dicho portal, es una excelente plataforma para crear, difundir, discutir y participar de contenidos, creados directamente por personas que comparten un interés afín.  El problema se da cuando toda sustancia se pierde y los videojuegos pasan a segundo plano. En Chile por ejemplo, si lo que genera tráfico es que un jugador ventile sus trapos sucios en línea, o bien, que se pavonee con un celular frente su cara todo el día, no podemos hablar de que existe un verdadero interés por “lo gamer”. Por el contrario, el videojuego se transforma en un mero  vector de inseguridades y facilismos, hasta caer en la farandulización del medio.

Por su parte, la industria no ha perdido tiempo en adaptarse a la pasividad de los jugadores. Todo negocio debe anticiparse, o al menos ser reactivo a los gustos de sus consumidores. Por lo mismo, hoy los publishers prefieren que un rostro haga un stream anticipado de un juego, a que la prensa especializada desmenuce un título con fines informativos.

Asimismo, muchos videojuegos se están transformando en productos desechables, diseñados para servir como combustible a 15 minutos de fama.  ¿Recuerdas aquellos tiempos en donde evitar los juegos malos era lo lógico? Bueno, bienvenido a 2016. Grass Simulator, Air Control, Who’s Your Daddy? y otros reciclados que desbordan el Greenlight de Steam, son proyectos mediocres que, de una otra forma, llegan a la palestra y le roban pantalla a verdaderos juegos independientes.

No quiero ser fatalista, pero si algo nos han demostrado las Crocs y el Reggaeton, es que algunas malas modas han llegado para quedarse. Por lo mismo, te invito a darte una sesión de quimioterapia preventiva: Párate frente al monitor, toma ese control, carga tu juego favorito ¡Y juega hasta que se te caiga el pelo!

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